
Desde el momento en que escuché esa historia, sentí un escalofrío que me acompañó más de lo esperado. Una noche cualquiera, una tienda, mujeres trabajando… y al amanecer, solo silencio y tragedia. «El Caso Coppel» se convirtió en un símbolo de horror y misterio: seis mujeres que hicieron un inventario nocturno en una sucursal y nunca salieron con vida.
Me sentí obligado a compartir esta historia no para escandalizar, sino para recordarles a todos que detrás de cada noticia cruel hay rostros, familias rotas, preguntas sin respuesta y una comunidad que exige justicia. Porque cuando algo así sucede, nadie debería olvidarlo.
IMPORTANTE: El vídeo relacionado con esta historia se puede encontrar al final del artículo.
Era la noche del 10 de noviembre de 2010, cuando seis empleados entraron a una tienda Coppel en el centro de Culiacán, Sinaloa, para realizar un inventario nocturno. Lo que parecía una tarea rutinaria se convirtió en una pesadilla. Alrededor de las 21:50, se desató un incendio. Lo que siguió fue una trágica cadena de acontecimientos con consecuencias irreversibles.
Según testimonios de empleados y trabajadores de la zona, ese día las entradas estaban cerradas: las puertas con candado, las ventanas selladas y las persianas metálicas bajadas. Las mujeres quedaron atrapadas sin posibilidad de escape.
Bomberos de Culiacán, junto con personal de Protección Civil y de municipios cercanos, trabajaron durante más de 13 horas para controlar las llamas. Pero ya era demasiado tarde. La combinación de humo denso, fuego y accesos bloqueados imposibilitó la evacuación.
Las víctimas murieron principalmente por asfixia. Tres de los cuerpos presentaban quemaduras parciales. Fueron identificadas como: Ariana López Soto (24 años), Carmen Selene Moreno Zazueta (36 años), Verónica Picos Bastidas (22 años), Claudia Yaneth Bernal Delgado (25 años), Rosa Imelda Félix Gamboa y otra joven cuyo nombre también aparece en los registros.
Lo más inquietante: varios trabajadores lograron contactar a los rescatistas y a sus familias, pidiendo ayuda. Dijeron que estaban atrapados y que no podían abrir las puertas. Pero quienes llegaron al lugar descubrieron que era casi imposible romper las cortinas metálicas, los candados o los precintos que aseguraban las salidas.
Mientras los equipos combatían las llamas, el fuego parecía reavivarse en momentos críticos. Fue una lucha difícil. Se hicieron algunos intentos de romper muros o abrir aberturas con maquinaria pesada, aunque la situación ya era crítica.
En los días siguientes, las familias de las víctimas comenzaron a exigir respuestas. ¿Quién ordenó el cierre de las entradas? ¿Existía un protocolo de emergencia? ¿Tenía la tienda salidas alternativas? Muchas de estas preguntas permanecieron sin respuesta durante años.
Una de las promesas públicas fue que se proporcionaría información a las autoridades y se brindaría apoyo a las familias. Ejecutivos de Coppel afirmaron que un cortocircuito en el sótano pudo haber sido la causa del incendio, el cual se propagó a los pisos superiores. Sin embargo, estas explicaciones no convencieron a quienes presenciaron la tragedia en primera persona.
Las familias exigieron no solo justicia, sino también acciones concretas: indemnización, apoyo a los niños huérfanos, devolución de sus pertenencias y la verdad sobre lo sucedido. Pasaron meses y años, y muchas de esas promesas quedaron incumplidas, suspendidas en el aire, entre palabras y palabras.
Para humanizar este caso, basta con imaginar lo que significó para los niños huérfanos. Claudia Bernal tenía un hijo pequeño, Sebastián, que nunca comprendería del todo por qué su madre no regresaba. Carmen Moreno dejó atrás a un hijo llamado Ángel, quien quedó al cuidado de familiares. Todos los rostros que quedaron experimentaron dolor, silencio y una espera agonizante.
Un detalle llamativo: algunos empleados mencionaron que era práctica común cerrar la tienda por la noche para el inventario o la conciliación de caja. Si bien esto no excusa nada, añade una capa de sospecha al caso: un procedimiento interno que, al haberse convertido en rutina, podría haber pasado por alto riesgos de seguridad.
Otro punto de discordia: las salidas de emergencia. Los informes indican que solo había una salida, y que estaba en el tejado, inaccesible sin equipo especial. Esto implicaría que, si los trabajadores tenían llaves de otras puertas, no las tenían, ya que no pudieron escapar.
Las investigaciones oficiales nunca concluyeron definitivamente sobre la responsabilidad. En algunos discursos, se indicó que se estaban realizando estudios periciales avanzados, casi concluidos. Sin embargo, las familias siguieron exigiendo claridad y justicia.
Más allá de los aspectos técnicos del incidente, esta historia es profundamente conmovedora. Imaginar a esas mujeres asfixiándose, atrapadas, pidiendo ayuda, mientras el humo lo envolvía todo, evoca una profunda sensación de impotencia difícil de superar. ¿Cuántas veces se ha olvidado o invisibilizado a trabajadores vulnerables debido a regulaciones debilitadas o una cultura de impunidad?
También hay quienes advierten sobre la línea entre rumor y ficción: circulan versiones de fotografías filtradas, así como el uso del caso como base para series o narrativas relacionadas, algunas verdaderas y otras exageradas. Por ejemplo, investigaciones periodísticas han desmentido la afirmación de que ciertas imágenes atribuidas al incendio corresponden a la tragedia real.
Este caso permanece vívido en la memoria colectiva de Culiacán y de todo México. Las familias insisten en que las condolencias y los discursos no son suficientes. Exigen respuestas claras, sanciones y una conclusión digna al dolor no resuelto. Y, a menudo, esta exigencia choca con la lentitud institucional.
Quizás algunos días un incendio sea solo un accidente. Pero en el caso de Coppel, las circunstancias —puertas cerradas, acceso bloqueado, protocolo laxo— crean un escenario íntimo de responsabilidad. No es fácil separar la tragedia del descuido, la negligencia o el silencio administrativo.
Al final, «los seis que no lograron salir con vida» no son solo nombres en un registro, sino vidas truncadas, historias truncadas que dejaron familias destrozadas. Tan real como trágico, este suceso nos obliga a recordar que detrás de cada tienda, cada contrato, cada turno de noche, hay seres humanos con derechos y protección.
Hoy, años después, la llama sigue viva: la exigencia de justicia continúa, al igual que el recuerdo de aquellas mujeres que entraron el 10 de noviembre convencidas de que saldrían como entraron. Y no lo hicieron.